lunes 14 de diciembre de 2009

La historia de C. (II)

Quizás el mayor problema de C. era su gran ego. Un orgullo de sí mismo y de lo que había conquistado gracias a una férrea disciplina, demasiado grande como para sobrevivir a su propia fragilidad. Era consciente de que esta virtud se había tornado en defecto, e incluso llegaba a imaginárselo a modo de imagen. Para él, era como una gran esfera de cristal de esas que adornaban los pabellones de la sede del Gobierno mundial, de un cristal fino y exquisito, pero de quebradiza constitución. Tan consciente era de la tara que las más de las veces no emprendía ninguna aventura por miedo a que se rompiera la confianza en sí mismo ante la mirada del extraño.
La red podía ser un instrumento adecuado para nuevos acercamientos a las mujeres. Si su expansión había servido hace casi un siglo para abolir las fronteras territoriales, ¿por qué no podía servir de instrumento a una simple persona para romper las barreras de su propia timidez? Desde la protección que da la distancia virtual podía otear el horizonte, las perspectivas más favorables para nueva incursión en los terrenos desconocidos de la seducción; entrar en las vidas de esas chicas sin ser visto, pero sobre todo, sin arriesgarse a que la seguridad en sí mismo se viese dañada con un ‘no’ extemporáneo. Al fin y al cabo, ellas colgaban allí sus fotos, describían en los perfiles sus anhelos tratando de crear un mapa atractivo de vidas emocionales aunque en el fondo fuesen tan fracasadas como las de C.
El protagonista de esta historia comenzó a visitar los perfiles de las chicas que más le interesaban a primera vista. Filtraba y filtraba sus búsquedas con algún criterio más o menos lógico. Pero para esto no servían las matemáticas ni las estadísticas. Así que segregó las posibles alternativas comenzando por la edad. Las candidatas no debían ser mayores que él, ni demasiado jóvenes. Filtró también por las fotografías, buscando las más sugerentes, a ser posible, morenas y delgadas. Bajo este criterio sí pudo aplicar las ventajas de su profesión. En torno a los 50 y 65 kilos de peso todo dependía de la altura declarada de las chicas. Con la media se obtenían resultados aceptables o se rechazaban de plano. Lanzaba al hiperespacio un "hola!!!" y esperaba a que ellas respondiesen.
Al principio ni siquiera funcionaba. Cada poco entraba en la web para ver quién había curioseado en su perfil y quedaba registrada, cuántas de ellas habían leído el mensaje embotellado en el océano infinito de internet... Luego comenzaron a llegarle mensajes sin sentido, preguntas indiscretas lanzadas al azar. Sabía que W., su compañero de laboratorio, llevaba años usando este tipo de servicios subvencionados por el estado para motivar las relaciones sociales. Incluso había sido cliente de los portales de pago y más de una vez le había comentado las conquistas. Así que aprovechó uno de los descansos matinales para acercarse a él y, como no quiere la cosa, aprender algún truco. W., siempre dispuesto a alardear de sus amoríos, le proporcionó varias pistas útiles.
Al parecer, cuando una mujer sólo cuelga una fotografía en su perfil, suele resultar falsa. Seguramente se avergüenza de su físico, razón de más para ser descartada de forma automática. También supo que los mensajes al azar eran lanzados por la máquina para fomentar el uso del servicio, incrementar las visitas y recibir más subvenciones estatales. Pero lo que más le impresionó no se lo dijo W. Al poco de conectarse C. se dio cuenta de que las mujeres están más desesperadas e insatisfechas que los hombres por su situación afectiva. Cuanta más igualdad respecto del hombre habían logrado en su vida social, peor les iba en el terreno sentimental. Y el reloj biológico no dejaba de hacer tic-tac-tic-tac... El hombre, en cambio, por regla general llevaba siglos sublimando su imagen pública frente a la realidad afectiva de sus vidas, que quedaba relegada a un tercer o cuarto lugar en la jerarquía vital. A su mente llegaron los arquetipos que tantas veces había visto entre sus compañeras de trabajo y las amigas de sus amigas: Estaba la despechada, abandonada por su pareja, pero obsesionada con recuperarle a toda costa, obviando a los potenciales de su entorno inmediato. Generalmente la despechada gastaba el resto de sus años de juventud en un objetivo que no merecía la pena y cuando quería darse cuenta del tiempo desaprovechado ya era demasiado tarde… También recordó los casos en los que la chica en cuestión aceptaba el rol de amante de un casado que raramente dejaba a su mujer y que si lo hacía se convertía en un insulso, en una carga para la desdichada. Y también estaba la que ponía todo su empeño en seducir a un “rebelde” al que convertir, amoldar, cambiar… Lo que ocurría generalmente en estos casos es que el que llega como rebelde a los 30 es porque es incapaz de ser de otro modo. No se le puede cambiar, la materia prima es defectuosa desde el primer momento…
Nada. Pasaba el tiempo y C. empezaba a aburrirse de la seducción a distancia. Siguió con su vida, con sus experimentos científicos, con las tediosas cenas de etiqueta, con las tardes de concierto y el cine sensitivo. Continuó con sus viajes de trabajo y placer y de vez en cuando, atrincherado en la noche, entraba el portal de internet buscando, curioseando, como si fuera un juego prohibido... Y una vez dentro se imaginaba historias de amor y pasiones desenfrenadas con las chicas más atractivas. Elaboraba en su mente complejos sueños, diálogos, situaciones en las que siempre demostraba que era el diamante en bruto, el amante perfecto.
(continuará)

martes 24 de noviembre de 2009

La historia de C. (I)

Debía ser un maleficio o algún cromosoma en mal estado o un cortacircuito neuronal. Si no, no tenía ningún sentido. ¿Por qué era incapaz de relacionarse con mujeres y cortejarlas? ¿De dónde procedía su absoluta carencia de artes seductoras? C. era un buen conversador, medianamente instruido y con un físico que no llamaba la atención ni para bien, ni para mal. C. era un tipo absolutamente corriente, como cualquiera de esos que se ven en el autobús, en los restaurantes o en las calles, de la mano de mujeres tan corrientes como ellos. Algo estaba fallando y aunque en diferentes periodos había compartido los sinsentidos de la vida cotidiana con distintas chicas, lo cierto es que no habían sido muchas sus compañeras de viaje. Su estado natural, si es que se puede utilizar ese término como sinónimo de habitual, era la total ausencia de afecto por parte del sexo contrario. En suma, no se comía un rosco.
Durante un tiempo se engañó a sí mismo intentando vivir los amores y desamores de otros en todo tipo de libros y películas. Pero no parecían ni lo suficientemente reales ni mucho menos satisfactorios. Había que poner remedio a aquello.
Por fortuna, en el año 2070 existían todo tipo de terapias psicológicas, médicas y homeopáticas para cualquier problema mucho más eficaces que antaño siempre que se dispusiese del dinero suficiente para costearlas. Más aún, volviendo al dinero, pervivía el histórico recurso de pagar a una meretriz para el intercambio de fluidos y cariños tan urgentes como fingidos. Y aunque C. no descartaba la posibilidad, optó por el primero de los caminos ya que en principio era de los que siempre había creído que era mejor enseñar a pescar al hambriento antes que regalar un pescado. Era pertinente un examen a fondo de la materia prima para hallar la causa de sus bloqueos. Sin embargo, cuando llegó al Departamento de Salud Alfa el engorroso papeleo burocrático que justificaba los sueldos de media docena de palurdos funcionarios le incomodó. Él, un triunfador en el campo de las matemáticas aplicadas, tenía que rebajarse a explicar a aquellas hormiguitas su incapacidad para llevar a cabo una tarea tan cotidiana, tan mecánica para otros sin duda mucho más inferiores y vulnerables. Pasó como pudo el trago con cierta sensación a derrota. Los análisis duraron tres días, en los que ocultó las pruebas médicas con la coartada de estar disfrutando de un merecido descanso tras haber ayudado a poner en la órbita de la Luna el más potente satélite, donde precisamente hacía diez años había logrado ubicar el primer laboratorio permanente externo de la Confederación Mundial, su gran hazaña. Y tras este largo fin de semana regresó a su casa, en espera de los resultados.
Tres días después los Servicios de Transferencia de Información Urgente del Ministerio de la Salud le remitieron el diagnóstico en un archivo digital encriptado. Estaba absolutamente sano. Tenía perfectas capacidades físicas. Los facultativos concluían, no obstante, ofreciendo un servicio avanzado de Psicodiagnóstico del Comportamiento. O sea, que por un módico precio podía ponerse en manos de un loquero para rastrear síntomas de traumas infantiles o secuelas emocionales de sus relaciones pasadas. C. no era de los que se echaban atrás. Siempre podía camuflar entre sus conocidos que se estaba sometiendo a un tratamiento de estrés habitual ocasionado por la sobrecarga de trabajo.
Hipnosis, regresiones, horas y horas con el doctor D. negando que sus padres le hubiesen maltratado, negando que se masturbase con imágenes de hombres, negando amores prohibidos con personas de su propia familia, dieron como resultado otro diagnóstico negativo. C. estaba en condiciones mentales plenas, sólo necesitaba voluntad para ponerse manos a la obra y encontrar, si no el amor, sí una aventurilla pasajera que le diese confianza para superar el problema. El doctor D. incluso le propuso apuntarse a una web de contactos gratuita para ir superando sus miedos. Desde su atalaya, sin apenas arriesgarse al temido no, podía empezar a comunicarse con las mujeres y quién sabe si quedar a tomar algo o incluso consumar un coito en la cama de algún hotel y así poder llevarse a casa un nuevo trofeo cinegético. Y C. así lo hizo…
(continuará)

miércoles 18 de noviembre de 2009

La historia de F.

F. había llegado a los 70 años, aunque solo, más feliz que triste. La edad que las estadísticas marcan como el final de un viaje que siempre se hace demasiado corto. En todo momento había sabido que la felicidad no era un estado de ánimo que se tiene o no se tiene, sino el cúmulo de muchos pequeños momentos de paz consigo mismo y con el mundo que le había rodeado en ese más de medio siglo; pequeños momentos de esos que se pueden disfrutar exprimiéndolos hasta la última gota. Aun así, era consciente de todo lo que se había perdido en la vida, de cómo había pasado el tiempo sin que cumpliese los sueños adolescentes del triunfo en el trabajo, de haber hecho algo que permaneciese por los siglos como su gran obra cedida de forma altruista al resto de la humanidad; el sueño de haber conseguido dinero a raudales, de atesorar una lista de infinita con nombres de mujeres que hubiesen muerto o matado por él…
¡Qué pena no poder disponer de tres vidas para comparar cuál es la más satisfactoria! ¡Qué pena tener que decidir entre la vida del aventurero, la del padre de familia o la del golfo incorregible y no poder quedarse con todas! Y mientras se lamentaba de lo rápido que había pasado el tiempo, F. se dedicó a hacer un análisis de los hechos que le habían llevado por un camino y no por otro.
¿Por qué no había luchado por destacar en el ámbito laboral? Precisamente por su romanticismo adolescente había preferido un trabajo más creativo pero menos remunerado que los del resto de sus amigos. Y durante años le había llenado con la falsa percepción de la trascendencia de lo que hacía. Pero al final, ni tenía tanta trascendencia para la gente ni era tan creativo como él había creído por un momento. Le había ocupado demasiado tiempo diario y energías como para permitirle hacer algo realmente “grande”, “fundamental”; algo que le trascendiese, que permaneciese cuando él ya no estuviera. Le había mantenido tan atado que incluso fue una de las razones para que fracasasen algunas de sus relaciones afectivas… Y por supuesto, no le había reportado demasiadas ganancias. Las justas para sobrevivir medianamente holgado. Eso sí, de lo que podía recordar, le había propiciado muy buenos momentos, conocer a personas interesantes, fraguar amistad con personas muy parecidas a él… el balance no era demasiado malo…
F. continuó. Se asomó a su corazón. Recordó a las mujeres con las que había compartido parte de su vida con la extraña sensación de que había dado sus mejores años a quien menos se lo merecía, pero tal vez, a la única a la que había amado más profundamente. A su mente llegaban una por una, por orden, imágenes de los rostros de ellas, los instantes, y los sentimientos que habían provocado esos momentos compartidos. F. sonreía y sus ojos se llenaban de lágrimas alternativamente. ¿Por qué no habían salido bien esas historias de amor? ¿Había sido culpa suya, de las circunstancias, de los entornos que les habían rodeado, de ellas…? ¿Había dado todo en cada una de esas relaciones? ¿Se había entregado al límite? F. se levantó del sofá y a duras penas llegó a la alacena donde guardaba dos cajas de zapatos repletas de fotografías ordenadas por fechas. Por suerte o por masoquismo, pese a que hacía mucho tiempo que todo el mundo conservaba sus imágenes en archivos digitales, él prefería imprimir las mejores para observarlas directamente, sin necesidad de un reproductor. Y cuando llegó a la de ella, se quedó inmóvil, como petrificado. La había visto miles de veces, cada vez que se sentía nostálgico. Siempre se decía a sí mismo que no continuaba enamorado de ella, sino de los sentimientos que tuvo mientras la amó. Pero esta vez ya no quería engañarse más. Ya no era necesario. Se había rendido. Había entregado los pocos ejércitos que aún le quedan en esa guerra contra sí mismo. Entonces supo había tomado el camino del exilio.
Le falló la respiración y le temblaron las piernas cada vez con más intensidad hasta que no pudieron aguantar su peso y se desplomó. En su rostro se combinaba una profunda sonrisa con una lágrima. En su mano todavía sostenía la foto de ella. Apenas un instante después la dejo caer.

sábado 7 de noviembre de 2009

La felicidad sólo es real si es compartida


Hace unos meses vi el trailer de Hacia rutas salvajes en la tele por cable de Ali. ¿Walden? Tenía toda la pinta. Un tío que quería descubrirse a sí mismo perdiéndose en la naturaleza. Por supuesto el Walden de Thoreau es un torro insufrible de cómo sobrevivir en un entorno asocial, pero no puedo decir que no me impactase la idea y el desarrollo del libro tanto como su Desobediencia civil.

Y no hace mucho descubrí esta película en internet, así que me la bajé esperando una ocasión propicia. Esta noche venía del teatro, de ver la obra inaugural de la Muestra de Autores de Alicante (Qué rabia me das, de Juli Disla, por cierto muy recomendable) y me he puesto a ello... Tras muchos avatares, el protagonista descubre que "la felicidad sólo es real si es compartida" y me ha parecido una de esas verdades tan simples como maravillosas, de esas que hay pocas en la vida y que a veces nos cuesta tanto descubrir... Bien por Sean Penn y por esta película. Es un placer poder acurrucarte en la cama, debajo de la manta y poder recordar toda clase de momentos felices. Por eso hoy quería compartir mi felicidad con todos vosotros antes de caer en los brazos de Morfeo.

lunes 26 de octubre de 2009

La cruda realidad


Simplona, poco realista, pero una ocasión única para echarte unas risas. Me la pasó Pablito (lo mismo que 27 vestidos o El diablo viste de Prada) el viernes y ayer, noche de resacón, era un momento "pintiparado" para ponérmela en el portatil con el que comparto cama y dulces sueños.
La cruda realidad es una comedia romántica de la bellísima Katherine Heigl (estoy por convertirla en mi musa) y el cachotas de 300, Gerard Butler (un escocés que creo que no tiene nada que ver con el escritor del siglo XIX, Samuel Butler, autor de un libro divertidísimo: Erehwon, que procede de la palabra anglosajona equivalente a Utopía, de raíz griega)... Ahora os preguntaréis cómo un tipo como yo, al que le gusta darle vueltas a cosas tan sesudas como las utopías, se puede partir el ojal con películas tan simples. Seguramente, por lo simple de las cosas que se tratan en películas como ésta: el amor, el ligoteo, las bragas vibradoras... No llega a la altura de La cosa más dulce, pero pasas un buen rato. Por su puesto, no merece la pena gastarse 6 euros en la cine... Si alguien quiere el screener....

jueves 22 de octubre de 2009

Tabarka o Tabarca

(Recupero este artículo que publiqué en Las Provincias porque he vuelto a leerlo
y conserva todavía su frescor original. Y así de paso se perpetúa. Que lo disfrutéis)


Tabarca
Donde el mar es historia y futuro

A tres millas de las costas de Santa Pola y a 11 de las de Alicante -38 grados 10 minutos de latitud Norte y 0 grados 28 minutos Oeste-, emerge del mar la única isla habitada de la Comunidad Valenciana.



La isla de Tarbarca ocupa una superficie de 1.800 metros de longitud y no más de 400 en sus diferentes anchuras. Su parte central se estrecha dejando a un lado la playa y al otro un pequeño puerto conocido con el apelativo "El puerto viejo". De este modo, sobre no más de 15 metros a nivel del mar, a la derecha -si se mira desde la costa- se erige un recinto fortificado en cuyo interior se estableció el poblamiento a mediados del siglo XVIII; y a la izquierda, lo que los tarbarquinos llaman "el Campo", tierras baldías pobladas de espino mediterráneo y matorral esclerófilo que terminan en pequeños acantilados y calas de cantos rodados frente a otros islotes --la Cantera, la Galera, la Nao- y escollos -Negre, Roig, Cap del Moro, Sabata, Naveta...-. No obstante, aún cuando el pueblo merece una visita sosegada, reconocida en 1964 con la categoría de Conjunto Histórico Artístico, lo que verdaderamente hace única a la isla es su declaración como Reserva Marítima en 1986. Esto ha propiciado durante los últimos 20 años que buceadores de todo el mundo se acerquen a sus aguas para contemplar numerosos bancos de peces, estrellas de mar y algas que ejemplican como ningún otro sitio la variedad de fauna y flora del Mediterráneo Occidental. Así, si tenemos en cuenta que en el término municipal -perteneciente a Alicante en la categoría de partida rural- sólo están censadas alrededor de 40 personas, no es de extrañar que desde primavera hasta verano la isla albergue la visita de cerca de 3.000 personas de forma diaria (400.000 al año).
Un día en Tabarca comienza media hora antes en el Puerto de Alicante, y menos como es normal, si la pequeña travesía marítima se hace desde Santa Pola. Subidos en el barco y si el día lo permite, nada más salir del puerto de Alicante se puede avistar la silueta alargada de Tabarca. A la derecha de la nave, van quedando las playas de Urbanova, Los Arenales del Sol y finalmente el cabo de Santa Pola, en cuyo vértice se encuentra un singular faro. A esas alturas, la isla deja de ser un espejismo para convertirse en una realidad, sino majestuosa, plácida.
Una vez hemos desembarcado, las empresas turísticas locales han colocado estratégicamente a sus empleados con ofertas gastronómicas y a fotógrafos que inmortalizan nuestra llegada. Luego, tal vez en las tiendas del núcleo urbano podamos ver inmortalizada nuestra imagen en las dársenas del Puerto Viejo.
Cuando dejamos éste, podemos elegir una visita al pueblo o las playas. Si nos decidimos por el primero, la localidad de San Pedro y San Pablo, ante nuestros ojos se levanta una pequeña muralla que Carlos III mandó construir en 1769 con sillares arrancados de la cantera de la isla para defenderla de los ataques de los piratas berberiscos. Accedemos al interior a través de la Puerta de San Rafael o del Levante, y en ella nos encontramos una placa conmemorativa del hermanamiento entre las islas de San Pietro y la Nueva Tabarca. Tras el expedito camino que deja la entrada de estilo dórico con pilastras, comienzan las calles urbanizadas geométricamente del pueblo.
A la izquierda y a la derecha se sitúan respectivamente sus dos edificios más característicos, la Casa del Gobernador y la Iglesia de San Pedro y San Pablo. La primera fue prevista para constituir el administrativo y Ayuntamiento de la población aunque con el paso del tiempo fue ocupada por el destacamento militar, y actualmente, complemente remodelado aún cuando a la vista deja entrever los detalles del edifico original, ejerce las funciones de hotel. La segunda, es un gran edifico barroco, el más alto de la isla, de una única nave sin crucero, con altar mayor y 8 laterales. En la actualidad no se puede visitar porque está en proceso de remodelación. En los extremos restantes de esta parte de la isla se hallan sendas puertas, la de Alicante o San Miguel al Norte del recinto, con bóvedas de cantería tosca; y al Oeste la Trancada o de San Gabriel, que separa el recinto amurallado de la Cantera. En su parte exterior, un escudo con las armas releas reza "Carolus III Hispanarum Rex, Fecit, Edificavit".Una vez fuera de las murallas, saliendo por la puerta de Levante, podemos ver como tras el Puerto viejo la orografía se levanta en una cuesta que va a dar al campo. Subimos por uno de los múltiples caminos que llevan a esta parte de la isla y en lo alto, se levanta en la parte central una torre con forma de pirámide truncada. Es San José, un edificio con funciones militares y de vigilancia que tiene 27,5 metros de altura. Tras él, el Faro da cuenta de la actividad marítima del enclave. De estilo academicista y planta cuadrada, proyectado por Juan Laurenti en 1854, hoy acoge en su seno un laboratorio biológico que sirve de base a la Reserva Marítima. Por último, en el extremo de la isla, rodeado de acantilados, unos muros blancos dan cuenta del cementerio de la isla. Desde allí, el vistante puede gastar su tiempo en divisar la extensa colonia de gaviotas que pueblan los islotes cercanos.
Una isla con mucha historia
Los primeros escritos que reflejan la existencia de la isla datan del siglo VI a.C., cuando el geógrafo romano Estrabón se refirió a ella con el apelativo de Planesia, debido a su orografía lisa que constituía un peligro en sus extremos por los bajos fondos rocosos de la Llosa. El padre Belda comenta en sus estudios, ya en el siglo XIX, que en aquella época había un poblamiento y una necrópolis en la zona de la Aladraba. Más adelante, coincidiendo con la titularidad de la isla a cargo del Concejo de Elche y los continuos ataques y colonias que los piratas establecieron en su superficie, tendría nuevos nombres, como el de Isla de Alone --identificando el archipiélago con la colonia romana situado los alicantinos barrios de Babel y Benalúa--, Islote de Santa Pola o Isla de San Pablo.
Un acontecimiento, sin embargo, cambiaría el rumbo de su devenir histórico en el siglo XVIII. En 1741, la monarquía tunecina invade y conquista la isla de Tabarka, un enclave genovés perteneciente a la Corona de Aragón y situado frente a las costas africanas. Sus habitantes, 69 familias, son llevadas al cautiverio a manos del Sultán de Argel. Pero su rey, Carlos III, consigue 27 años después que sea liberados acogiéndoles temporalmente en el colegio de los jesuitas de Alicante. Para ellos tiene pensado un nuevo emplazamiento que ha de construir en la isla, que a partir de ese momento, pasará a llamarse Nueva Tabarca en recuerdo de aquel otro feudo perdido ante el empuje del Islam.El ingeniero militar Fernando Méndez es el encargado de llevar a cabo la empresa, que a la postre será plaza militar en el Mediterráneo. Dos años después, en 1770, los escasos trescientos genoveses ocupan las viviendas que el Conde de Aranda, en representación del Rey, ha levantado para ellos en un plan urbanístico ilustrado que comprendía fortificaciones, bóvedas subterráneas, baluartes, cuarteles, cisternas para la recogida de aguas pluviales, almacenes, hornos... De la época, todavía se conservan los apellidos italianos Ruso, Parodi, Mazarello, Chacopino o Luchora.Poco a poco, con el tiempo pierde la importancia militar que tuvo en la Guerra de Independencia en la que se encarcela los prisioneros franceses o se utiliza como depósito de munición; o como cuando en plena Guerra Carlista se ejecuta a 19 sargentos carlistas en represalia por una acción similar en la que murieron 96 isabelinos. De este modo, hacia 1850, retiran al Gobernador y la Guarnición y se suspenden los privilegios de los que habían gozado los isleños pasando a formar parte depender administrativamente de la ciudad de Alicante.En los años 60, algún que otro constructor planeó recuperar la isla como atracción turística de primera categoría, pero el Ministerio corta de raíz esos planes declarándola Conjunto Histórico Artístico. Y veinte años después, la declaración de Reserva Marina vino a garantizar definitivamente el cuidado de Tabarca.


Una isla volcada con su mar
En la Reserva Marina de Tabarca están comprendidas tres zonas delimitadas. Una reserva integral que no permite ninguna actividad, excepto la científica, el bajo de la Llosa; una área de amortiguación para la protección de la reserva integral, donde se puede bucear con el permiso explícito del Ministerio; y el área que rodea la isla, donde el control lo ejerce la Consellería de Pesca.
Gracias a esta actuaciones, las aguas de Tabarca pueden seguir absolutamente trasparentes -entre 22,5 y 47,5 metros de profundidad- y la flora marina puede encontrase a mayores profundidades, tanto de sustrato blando como de sustrato rocoso. Abundan géneros de carácter tropical como la anadyomene stellata, la hypnea cercornis o la penicillus capitatus; la posidonia y la cymodocea. En cuanto a la fauna marina, el buceador puede observar con facilidad erizos, estrellas, cangrejos, caracolas, esponjas, moluscuos, pulpos, calamares, morunas y multitud de bancos de peces.

Gastronomía
Una de las cosas que no debe perderse el visitante, es el caldero tabarquí, un plato de pescado -generalmente "gallina"- y un arroz cocinado con el espeso caldo de aquel. De aperitivo, los tabarquinos aconsejan con buen criterio que se pruebe el calamar de potera a la plancha.Nosotros nos dirigimos al restaurante "La Almadraba", frente al Puerto viejo, a la derecha de la puerta de San Miguel, uno de los lugares más típicos de la isla que se fundó en 1993. Según nos comenta su encargada, tienen otro restaurante, más turístico, en la isla desde hace 30 años, el "Mar Azul". Sus especialidades son el Caldero de gallineja o de cabracho y las Calderetas de langosta y bogavante. Estas exquisiteces medierráneas no bajan de los 25 euros por persona, pero merece la pena dar un homenaje al paladar de vez en cuando. Sin desmerecer en calidad, el cliente también puede elegir de entre sus gamas de arroces -alrededor de los 15 euros- o un magnífico menú compuesto por entrantes típicos de pan amb tumaca o ali oli, albóndigas de mero, ensalada y un plato de carne o pescado con su correspondiente guarnición -por 17.50 euros-.

Parece que fue ayer...







Era una deuda pendiente. ¿Cuánto tiempo podemos dejar pasar antes de descargar las fotos de nuestras cámaras? En mi caso, más de un mes. Esto es Toledo. Con Paedro y Viru... Ya era hora de que conociera su casa y que se invitase a pollo con ciruelas!!!!