"El hombre es civilizado en la medida en que comprende a un gato" Bernard Shaw. / "Dios hizo al gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre" Víctor Hugo. / "Una casa sin gato, un bien alimentado, bien cuidado, bien reverenciado gato, puede ser una casa perfecta, pero ¿cómo puede llegar demostrarlo?" Mark Twain.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Tiempos difíciles
Son tiempos raros, difíciles. Hay tantas cosas que contar, tantos pensamientos... He vivido, y sigo viviendo, en las ultimas semanas las peores sensaciones del mundo, y como por arte de magia, con una palabra de esperanza, de las mayores alegrías posibles. Cambio por un tiempo el blog por un cuaderno privado y un lápiz. Pero sigo adelante...
lunes, 18 de enero de 2010
La historia de C. (III)
La nave de ¢¤¥§ lleva cuatro siglos sobrevolando la Tierra. Sucesivas tripulaciones habían tutelando durante ese tiempo el desarrollo de una humanidad tan limitada que las misiones en este extremo de la galaxia tenían muy poco de excitantes. Ninguno de los 300 destinados a 儿二个 era un lumbreras. Los realmente buenos eran enviados a planetas mucho más adelantados, a aprender, en vez de a enseñar… Pero como el servicio interestelar era obligatorio durante cinco años para luego poder entrar en la administración de ÐØÞþ, y al fin y al cabo se trataba de un viaje, cada cual asumía sus funciones con relativa diligencia y entusiasmo.Al subcomandante ¢¤¥§ se le había confiado la vigilancia de C., como uno de los matemáticos más prometedores de la Tierra. ¿O había que decir a “la” subcomandante? Y es que pese a tener una apariencia bien distinta de la humana en la que los hombres se distinguen de las mujeres por mayor envergadura, más vello y más capacidad atlética –al margen del pene— y las mujeres por poseer más curvas, tejido adiposo y glándulas mamarias con las que amamantar a sus vástagos –al margen de la vagina, asimismo--, los procedentes del planeta ЖЋЦ también tenían dos sexos que para nada se correspondían con esos cánones. Pero si ¢¤¥§ era capaz de procrear, se podría decir que era una mujer.
En estos cuatro años y medio C. se había convertido para ella en una especie de mascota. Se levantaba una hora antes que él para prepararse y conectar las cámaras instaladas en el domicilio del matemático. Ponía en orden el diario y enviaba a ÐØÞþ la reseña de los hechos sucedidos el día anterior. Cotejaba las investigaciones llevadas a cabo por el científico e intentaba vislumbrar alguna chispa de genialidad en su trabajo que le permitiese informar al mando de un posible “caso 日Б”. O lo que es lo mismo, que el sujeto investigado es susceptible de recibir nuevos conocimientos para acelerar los progresos en su trabajo. Lo mismo que antes habían hecho con un tal Newton, un tal Darwin, un tal Freud o un
tal Einstein, en otras tantas misiones 日Б muy provechosas para la humanidad. Claro, que siempre existía el peligro de que el sujeto no fuese los suficiente abierto de mente como para asimilar el viaje a la nave 儿二个 y regresase a la Tierra contando que había sido abducido por alienígenas. Menos mal que los efectivos destacados en el terreno pronto encontraban la manera de hacerles pasar por chiflados a los ojos de su especie.No obstante ¢¤¥§ comenzaba a preocuparse por C. Cada vez se entregaba menos a su trabajo y se pasaba las horas como un voyeur en el ordenador, buscando novia, esposa o un entretenimiento sexual pasajero que no terminaba de dar resultado. Por eso pidió permiso al mando para crearse un perfil en ese rudimentario servicio de citas y contactar con el científico para valorar la situación.
Ese día llegó la comunicación. Le habían concedido la aprobación y tan sólo le imponían adoptar la personalidad de R. fabricada por un complejo sistema informático que le daba un aspecto femenino nada despreciable. Junto con la inventada nueva vida, le proporcionaban un buen puñado de fotos de R. en los sitios más típicos de la Tierra. Esa misma noche la colgaría en internet y probaría suerte.
lunes, 14 de diciembre de 2009
La historia de C. (II)
Quizás el mayor problema de C. era su gran ego. Un orgullo de sí mismo y de lo que había conquistado gracias a una férrea disciplina, demasiado grande como para sobrevivir a su propia fragilidad. Era consciente de que esta virtud se había tornado en defecto, e incluso llegaba a imaginárselo a modo de imagen. Para él, era como una gran esfera de cristal de esas que adornaban los pabellones de la sede del Gobierno mundial, de un cristal fino y exquisito, pero de quebradiza constitución. Tan consciente era de la tara que las más de las veces no emprendía ninguna aventura por miedo a que se rompiera la confianza en sí mismo ante la mirada del extraño.La red podía ser un instrumento adecuado para nuevos acercamientos a las mujeres. Si su expansión había servido hace casi un siglo para abolir las fronteras territoriales, ¿por qué no podía servir de instrumento a una simple persona para romper las barreras de su propia timidez? Desde la protección que da la distancia virtual podía otear el horizonte, las perspectivas más favorables para nueva incursión en los terrenos desconocidos de la seducción; entrar en las vidas de esas chicas sin ser visto, pero sobre todo, sin arriesgarse a que la seguridad en sí mismo se viese dañada con un ‘no’ extemporáneo. Al fin y al cabo, ellas colgaban allí sus fotos, describían en los perfiles sus anhelos tratando de crear un mapa atractivo de vidas emocionales aunque en el fondo fuesen tan fracasadas como las de C.

El protagonista de esta historia comenzó a visitar los perfiles de las chicas que más le interesaban a primera vista. Filtraba y filtraba sus búsquedas con algún criterio más o menos lógico. Pero para esto no servían las matemáticas ni las estadísticas. Así que segregó las posibles alternativas comenzando por la edad. Las candidatas no debían ser mayores que él, ni demasiado jóvenes. Filtró también por las fotografías, buscando las más sugerentes, a ser posible, morenas y delgadas. Bajo este criterio sí pudo aplicar las ventajas de su profesión. En torno a los 50 y 65 kilos de peso todo dependía de la altura declarada de las chicas. Con la media se obtenían resultados aceptables o se rechazaban de plano. Lanzaba al hiperespacio un "hola!!!" y esperaba a que ellas respondiesen.
Al principio ni siquiera funcionaba. Cada poco entraba en la web para ver quién había curioseado en su perfil y quedaba registrada, cuántas de ellas habían leído el mensaje embotellado en el océano infinito de internet... Luego comenzaron a llegarle mensajes sin sentido, preguntas indiscretas lanzadas al azar. Sabía que W., su compañero de laboratorio, llevaba años usando este tipo de servicios subvencionados por el estado para motivar las relaciones sociales. Incluso había sido cliente de los portales de pago y más de una vez le había comentado las conquistas. Así que aprovechó uno de los descansos matinales para acercarse a él y, como no quiere la cosa, aprender algún truco. W., siempre dispuesto a alardear de sus amoríos, le proporcionó varias pistas útiles.
Al parecer, cuando una mujer sólo cuelga una fotografía en su perfil, suele resultar falsa. Seguramente se avergüenza de su físico, razón de más para ser descartada de forma automática. También supo que los mensajes al azar eran lanzados por la máquina para fomentar el uso del servicio, incrementar las visitas y recibir más subvenciones estatales. Pero lo que más le impresionó no se lo dijo W. Al poco de conectarse C. se dio cuenta de que las mujeres están más desesperadas e insatisfechas que los hombres por su situación afectiva. Cuanta más igualdad respecto del hombre habían logrado en su vida social, peor les iba en el terreno sentimental. Y el reloj biológico no dejaba de hacer tic-tac-tic-tac... El hombre, en cambio, por regla general llevaba siglos sublimando su imagen pública frente a la realidad afectiva de sus vidas, que quedaba relegada a un tercer o cuarto lugar en la jerarquía vital. A su mente llegaron los arquetipos que tantas veces había visto entre sus compañeras de trabajo y las amigas de sus amigas: Estaba la despechada, abandonada por su pareja, pero obsesionada con recuperarle a toda costa, obviando a los potenciales de su entorno inmediato. Generalmente la despechada gastaba el resto de sus años de juventud en un objetivo que no merecía la pena y cuando quería darse cuenta del tiempo desaprovechado ya era demasiado tarde… También recordó los casos en los que la chica en cuestión aceptaba el rol de amante de un casado que raramente dejaba a su mujer y que si lo hacía se convertía en un insulso, en una carga para la desdichada. Y también estaba la que ponía todo su empeño en seducir a un “rebelde” al que convertir, amoldar, cambiar… Lo que ocurría generalmente en estos casos es que el que llega como rebelde a los 30 es porque es incapaz de ser de otro modo. No se le puede cambiar, la materia prima es defectuosa desde el primer momento…Nada. Pasaba el tiempo y C. empezaba a aburrirse de la seducción a distancia. Siguió con su vida, con sus experimentos científicos, con las tediosas cenas de etiqueta, con las tardes de concierto y el cine sensitivo. Continuó con sus viajes de trabajo y placer y de vez en cuando, atrincherado en la noche, entraba el portal de internet buscando, curioseando, como si fuera un juego prohibido... Y una vez dentro se imaginaba historias de amor y pasiones desenfrenadas con las chicas más atractivas. Elaboraba en su mente complejos sueños, diálogos, situaciones en las que siempre demostraba que era el diamante en bruto, el amante perfecto.
(continuará)
martes, 24 de noviembre de 2009
La historia de C. (I)
Debía ser un maleficio o algún cromosoma en mal estado o un cortacircuito neuronal. Si no, no tenía ningún sentido. ¿Por qué era incapaz de relacionarse con mujeres y cortejarlas? ¿De dónde procedía su absoluta carencia de artes seductoras? C. era un buen conversador, medianamente instruido y con un físico que no llamaba la atención ni para bien, ni para mal. C. era un tipo absolutamente corriente, como cualquiera de esos que se ven en el autobús, en los restaurantes o en las calles, de la mano de mujeres tan corrientes como ellos. Algo estaba fallando y aunque en diferentes periodos había compartido los sinsentidos de la vida cotidiana con distintas chicas, lo cierto es que no habían sido muchas sus compañeras de viaje. Su estado natural, si es que se puede utilizar ese término como sinónimo de habitual, era la total ausencia de afecto por parte del sexo contrario. En suma, no se comía un rosco.Durante un tiempo se engañó a sí mismo intentando vivir los amores y desamores de otros en todo tipo de libros y películas. Pero no parecían ni lo suficientemente reales ni mucho menos satisfactorios. Había que poner remedio a aquello.
Por fortuna, en el año 2070 existían todo tipo de terapias psicológicas, médicas y homeopáticas para cualquier problema mucho más eficaces que antaño siempre que se dispusiese del dinero suficiente para costearlas. Más aún, volviendo al dinero, pervivía el histórico recurso de pagar a una meretriz para el intercambio de fluidos y cariños tan urgentes como fingidos. Y aunque C. no descartaba la posibilidad, optó por el primero de los caminos ya que en principio era de los que siempre había creído que era mejor enseñar a pescar al hambriento antes que regalar un pescado. Era pertinente un examen a fondo de la materia prima para hallar la causa de sus bloqueos. Sin embargo, cuando llegó al Departamento de Salud Alfa el engorroso papeleo burocrático que justificaba los sueldos de media docena de palurdos funcionarios le incomodó. Él, un triunfador en el campo de las matemáticas aplicadas, tenía que rebajarse a explicar a aquellas hormiguitas su incapacidad para llevar a cabo una tarea tan cotidiana, tan mecánica para otros sin duda mucho más inferiores y vulnerables. Pasó como pudo el trago con cierta sensación a derrota. Los análisis duraron tres días, en los que ocultó las pruebas médicas con la coartada de estar disfrutando de un merecido descanso tras haber ayudado a poner en la órbita de la Luna el más potente satélite, donde precisamente hacía diez años había logrado ubicar el primer laboratorio permanente externo de la Confederación Mundial, su gran hazaña. Y tras este largo fin de semana regresó a su casa, en espera de los resultados.

Tres días después los Servicios de Transferencia de Información Urgente del Ministerio de la Salud le remitieron el diagnóstico en un archivo digital encriptado. Estaba absolutamente sano. Tenía perfectas capacidades físicas. Los facultativos concluían, no obstante, ofreciendo un servicio avanzado de Psicodiagnóstico del Comportamiento. O sea, que por un módico precio podía ponerse en manos de un loquero para rastrear síntomas de traumas infantiles o secuelas emocionales de sus relaciones pasadas. C. no era de los que se echaban atrás. Siempre podía camuflar entre sus conocidos que se estaba sometiendo a un tratamiento de estrés habitual ocasionado por la sobrecarga de trabajo.
Hipnosis, regresiones, horas y horas con el doctor D. negando que sus padres le hubiesen maltratado, negando que se masturbase con imágenes de hombres, negando amores prohibidos con personas de su propia familia, dieron como resultado otro diagnóstico negativo. C. estaba en condiciones mentales plenas, sólo necesitaba voluntad para ponerse manos a la obra y encontrar, si no el amor, sí una aventurilla pasajera que le diese confianza para superar el problema. El doctor D. incluso le propuso apuntarse a una web de contactos gratuita para ir superando sus miedos. Desde su atalaya, sin apenas arriesgarse al temido no, podía empezar a comunicarse con las mujeres y quién sabe si quedar a tomar algo o incluso consumar un coito en la cama de algún hotel y así poder llevarse a casa un nuevo trofeo cinegético. Y C. así lo hizo…
(continuará)
miércoles, 18 de noviembre de 2009
La historia de F.
¡Qué pena no poder disponer de tres vidas para comparar cuál es la más satisfactoria! ¡Qué pena tener que decidir entre la vida del aventurero, la del padre de familia o la del golfo incorregible y no poder quedarse con todas! Y mientras se lamentaba de lo rápido que había pasado el tiempo, F. se dedicó a hacer un análisis de los hechos que le habían llevado por un camino y no por otro.
¿Por qué no había luchado por destacar en el ámbito laboral? Precisamente por su romanticismo adolescente había preferido un trabajo más creativo pero menos remunerado que los del resto de sus amigos. Y durante años le había llenado con la falsa percepción de la trascendencia de lo que hacía. Pero al final, ni tenía tanta trascendencia para la gente ni era tan creativo como él había creído por un momento. Le había ocupado demasiado tiempo diario y energías como para permitirle hacer algo realmente “grande”, “fundamental”; algo que le trascendiese, que permaneciese cuando él ya no estuviera. Le había mantenido tan atado que incluso fue una de las razones para que fracasasen algunas de sus relaciones afectivas… Y por supuesto, no le había reportado demasiadas ganancias. Las justas para sobrevivir medianamente holgado. Eso sí, de lo que podía recordar, le había propiciado muy buenos momentos, conocer a personas interesantes, fraguar amistad con personas muy parecidas a él… el balance no era demasiado malo…
F. continuó. Se asomó a su corazón. Recordó a las mujeres con las que había compartido parte de su vida con la extraña sensación de que había dado sus mejores años a quien menos se lo merecía, pero tal vez, a la única a la que había amado más profundamente. A su mente llegaban una por una, por orden, imágenes de los rostros de ellas, los instantes, y los sentimientos que habían provocado esos momentos compartidos. F. sonreía y sus ojos se llenaban de lágrimas alternativamente. ¿Por qué no habían salido bien esas historias de amor? ¿Había sido culpa suya, de las circunstancias, de los entornos que les habían rodeado, de ellas…? ¿Había dado todo en cada una de esas relaciones? ¿Se había entregado al límite? F. se levantó del sofá y a duras penas llegó a la alacena donde guardaba dos cajas de zapatos repletas de fotografías ordenadas por fechas. Por suerte o por masoquismo, pese a que hacía mucho tiempo que todo el mundo conservaba sus imágenes en archivos digitales, él prefería imprimir las mejores para observarlas directamente, sin necesidad de un reproductor. Y cuando llegó a la de ella, se quedó inmóvil, como petrificado. La había visto miles de veces, cada vez que se sentía nostálgico. Siempre se decía a sí mismo que no continuaba enamorado de ella, sino de los sentimientos que tuvo mientras la amó. Pero esta vez ya no quería engañarse más. Ya no era necesario. Se había rendido. Había entregado los pocos ejércitos que aún le quedan en esa guerra contra sí mismo. Entonces supo había tomado el camino del exilio.Le falló la respiración y le temblaron las piernas cada vez con más intensidad hasta que no pudieron aguantar su peso y se desplomó. En su rostro se combinaba una profunda sonrisa con una lágrima. En su mano todavía sostenía la foto de ella. Apenas un instante después la dejo caer.
sábado, 7 de noviembre de 2009
La felicidad sólo es real si es compartida

Hace unos meses vi el trailer de Hacia rutas salvajes en la tele por cable de Ali. ¿Walden? Tenía toda la pinta. Un tío que quería descubrirse a sí mismo perdiéndose en la naturaleza. Por supuesto el Walden de Thoreau es un torro insufrible de cómo sobrevivir en un entorno asocial, pero no puedo decir que no me impactase la idea y el desarrollo del libro tanto como su Desobediencia civil.
Y no hace mucho descubrí esta película en internet, así que me la bajé esperando una ocasión propicia. Esta noche venía del teatro, de ver la obra inaugural de la Muestra de Autores de Alicante (Qué rabia me das, de Juli Disla, por cierto muy recomendable) y me he puesto a ello... Tras muchos avatares, el protagonista descubre que "la felicidad sólo es real si es compartida" y me ha parecido una de esas verdades tan simples como maravillosas, de esas que hay pocas en la vida y que a veces nos cuesta tanto descubrir... Bien por Sean Penn y por esta película. Es un placer poder acurrucarte en la cama, debajo de la manta y poder recordar toda clase de momentos felices. Por eso hoy quería compartir mi felicidad con todos vosotros antes de caer en los brazos de Morfeo.
lunes, 26 de octubre de 2009
La cruda realidad

Simplona, poco realista, pero una ocasión única para echarte unas risas. Me la pasó Pablito (lo mismo que 27 vestidos o El diablo viste de Prada) el viernes y ayer, noche de resacón, era un momento "pintiparado" para ponérmela en el portatil con el que comparto cama y dulces sueños.
La cruda realidad es una comedia romántica de la bellísima Katherine Heigl (estoy por convertirla en mi musa) y el cachotas de 300, Gerard Butler (un escocés que creo que no tiene nada que ver con el escritor del siglo XIX, Samuel Butler, autor de un libro divertidísimo: Erehwon, que procede de la palabra anglosajona equivalente a Utopía, de raíz griega)... Ahora os preguntaréis cómo un tipo como yo, al que le gusta darle vueltas a cosas tan sesudas como las utopías, se puede partir el ojal con películas tan simples. Seguramente, por lo simple de las cosas que se tratan en películas como ésta: el amor, el ligoteo, las bragas vibradoras... No llega a la altura de La cosa más dulce, pero pasas un buen rato. Por su puesto, no merece la pena gastarse 6 euros en la cine... Si alguien quiere el screener....
La cruda realidad es una comedia romántica de la bellísima Katherine Heigl (estoy por convertirla en mi musa) y el cachotas de 300, Gerard Butler (un escocés que creo que no tiene nada que ver con el escritor del siglo XIX, Samuel Butler, autor de un libro divertidísimo: Erehwon, que procede de la palabra anglosajona equivalente a Utopía, de raíz griega)... Ahora os preguntaréis cómo un tipo como yo, al que le gusta darle vueltas a cosas tan sesudas como las utopías, se puede partir el ojal con películas tan simples. Seguramente, por lo simple de las cosas que se tratan en películas como ésta: el amor, el ligoteo, las bragas vibradoras... No llega a la altura de La cosa más dulce, pero pasas un buen rato. Por su puesto, no merece la pena gastarse 6 euros en la cine... Si alguien quiere el screener....
Suscribirse a:
Entradas (Atom)